miércoles, 2 de noviembre de 2011

La voz humana

Jean Cocteau es uno de esos artistas a los que fácilmense te puede calificar de polifacéticos, sin que el exquisito prefijo griego de esta palabra pierda su interesante significado. Creador referencia que vivió durante la primera mitad del siglo XX y se convirtió en todo un exponente de la Vanguardia, en particular del Surrealismo, Cocteau es célebre por ser un maravilloso fotógrafo, un cineasta sugerente, un poeta estremecedor, un buen dramaturgo, un diseñador con gran creatividad… Esta lista podría continuarse con unos cuantos términos más, pero la obra que hoy nos ocupa enlaza con su faceta de escritor teatral, considerablemente ligada a su producción cinematográfica.

La voz humana (La voix humaine, si atendemos al título original) se erige como un poderoso monólogo escrito para ser representado en unos cuarenta minutos. La protagonista de éste es una mujer -llamada sencillamente Ella en el texto- que conversa telefónicamente con su amado -Cheri en el texto- recreando todas las vivencias del tiempo que ha pasado sin él y poblándose de hermosas declaraciones de sentimientos amorosos por parte de ella. Cerca del final del monólogo, descubrimos que él pretende comunicarle que la deja para casarse con otra; ella se suicida. Este argumento, que sin duda podría pasar por simple y manido, no es el verdadero protagonista de La voz humana. La conversación en sí misma, reflejada a través de la técnica del monólogo y llena de juegos de cotidianeidad, de recursos que mantienen a la perfección el ritmo y de elementos dramáticos, ostenta la gloria de una de las obras más famosas de Cocteau.

Cabe añadir que La voz humana fue llevada a la ópera por el compositor Francis Poulenc, que creó una composición musical para soprano. A día de hoy sigue representándose con una cierta frecuencia.

Les dejo un fragmento del célebre texto de Cocteau:

'No, no. En mi cama. Sí, ya lo sé. Soy ridícula, pero tenía el teléfono en la cama porque, a pesar de todo, estamos unidos por el teléfono. Llega hasta tu casa y, además, tenía la promesa de tu llamada. Así que figúrate que he tenido un montón de sueños. Esta llamada era un verdadero golpe que tú me dabas y yo me caía, o bien un cuello, un cuello que se puede estrangular, o bien yo estaba en el fondo de un mar que se parecía al piso de Auteuil, y yo estaba unida a ti por un tubo de escafandra y te suplicaba que no cortases el tubo; en fin, sueños estúpidos si se cuentan; únicamente que en el sueño tenían vida y era terrible'.

Y para terminar, el tráiler de una representación de la ópera de Poulenc con libreto original de Jean Cocteau:

viernes, 9 de septiembre de 2011

Herr Mannelig

En Viajes Literarios apuesto, al igual que hago en mis otros blogs, por la recreación y la reinterpretación de obras artísticas. Me maravilla la idea del arte entendido no como hecho aislado, sino como proceso y como evolución a través del tiempo y las personas. La reinterpretación conlleva casi siempre la unión de distintos puntos de vista, el análisis y la creación íntimamente combinados.

Hoy me gustaría presentarles una hermosa balada medieval sueca, titulado Herr Mannelig. De corte narrativo, la historia que expone no resulta ajena a las temáticas de su época. Su protagonista es una troll que anhela casarse con un hombre para poder convertirse así en una mujer humana. Por ello, trata de persuadir una y otra vez a Herr Mannelig -Señor Mannelig- para que la tome por esposa. Él la rechaza aún pese a los variados sobornos que ella le ofrece, pues la troll es al fin y al cabo una criatura no perteneciente al mundo de Dios.

Les dejo un fragmento del poema traducido al castellano:

Herr Mannelig, Herr Mannelig,
¿te casarás conmigo
a cambio de todo lo que gustosamente te daré?
Puedes responder sólo sí o no.
¿Lo harás o no?

Te daré los doce mejores corceles
que pastan en la umbrosa arboleda;
nunca fueron ensillados para montar
ni tienen huecos en sus bocas.

Te daré los doce mejores molinos
que se encuentran entre Tillo y Terno;
las piedras están hechas del más rojo latón
y las ruedas están cubiertas de plata.

La balada ha llamado el interés de numerosos grupos a lo largo de las últimas décadas, muchos de ellos vinculados a distintos subgéneros del Metal. Por tanto, existen unas cuantas versiones exquisitamente musicadas de Herr Mannelig. Algunas de ellas son meramente instrumentales. Hoy me gustaría presentarles dos de las más reconocidas. La primera de ellas es una traducción interpretativa al italiano a cargo de Haggard, un grupo que trabaja con muy distintos instrumentos y melodías inspiradoras, célebres por sus discos Awaking the Centuries y Eppur si muove, este último relacionado con Galileo Galilei. La segunda versión, con un carácter quizá más auténtico, corre a cargo de In Extremo, una banda alemana que se mueve en el mundo del Folk Metal. La interpretan en sueco.

Versión en italiano de Haggard:


Versión en sueco de In extremo:

domingo, 28 de agosto de 2011

Natura morta

Josef Winkler ha vuelto a conseguirlo. Tras leer Cementerio de las naranjas amargas con un algo de obsesivo en mi manera de abordarlo, he tenido tiempo para buscar otros de sus títulos traducidos al castellano. Y me he encontrado con Natura morta. Novela corta romana, un libro que hace honor a su título. Por cuatro razones: dos relativas al tema, una a su género y otra a su ambientación.

Es sabido que Josef Winkler, maestro de la literatura austriaca y considerado el mejor escritor de este país en nuestro siglo, tiene tres temas centrales en su literatura: la sexualidad, la muerte y la religión, entendida como una mezcla de superstición, hecho psicosocial y creencia. Natura morta no elude ninguno de los tres temas y vuelve a hacer que estos se entremezclen de una manera sumamente atractiva.

Winkler es un escritor que, haga lo que haga, conmueve. No deja indiferente al lector. Y ya sea el gesto de incomodidad, el de rechazo, el de aprecio o el de interés el que suscite, sin duda Josef toca alguna cuerda en lo profundo de quien se asoma a su literatura. En Natura morta compone un fresco acertado, vívido y extremadamente sensorial del panorama en un mercado romano y sus cercanías en las últimas décadas del siglo XX (mercado de la Piazza Vittorio Emanuele).

Con una estructura en varias partes, marcadas por fragmentos de un poema italiano a la muerte de un pobre niño, Winkler maneja un argumento simple: los hechos cotidianos a los que se ve abocado un muchacho y su prematura muerte al ser arrollado por un camión. El argumento es, quizá, lo menos significativo, residiendo el verdadero valor en el tratamiento del mismo.
Descripciones de una plasticidad fascinante, sagaces miradas sociales, agudas críticas psicológicas, estampas de vida que parecen fotografías y la sempiterna fascinación de Winkler por la muerte, como elemento poseedor de una mitología propia. El extraordinario vínculo del escritor austriaco con la Roma de los años setenta y ochenta queda también patente. Un calidoscopio de vivencias y percepciones donde destaca el marcado interés por el mestizaje, por lo cotidiano y vulgar en el sentido etimológico de la palabra o por la relación entre las creencias y la naturaleza humana.


Una novela breve, definitivamente recomendable para las lecturas de verano. Quizá sea una manera acertada de aproximarse a la literatura de Winkler; una manera en esencia sencilla e intensa, que enamora y captura. Leer Natura morta invita a sumergirse en el mundo del escritor austriaco. Y es ésta una de sus mayores virtudes.

miércoles, 21 de julio de 2010

Cementerio de las naranjas amargas

Este verano no se comporta como una excepción, y de nuevo la cantidad de libros que leo -y el detenimiento con el que lo hago- son mucho mayores que en otras épocas del año. Recuerdo que la pasada estación veraniega les hablaba de novelas de Isabel Allende y de la excelente trilogía Millenium. En esta ocasión, me gustaría reseñar una excelente obra narrativa de un autor quizá un poco menos conocido, pero que se ha hecho un nombre en la literatura occidental y que está, de hecho, considerado como uno de los grandes narradores austriacos del momento.

Josef Winkler es un escritor en el que yo no me había fijado hasta estos días, si exceptuamos un volumen relacionado con la Roma de los últimos cincuenta años del siglo XX hojeado brevemente hace tiempo. Cementerio de las naranjas amargas ha sido, por tanto, una de estas lecturas que se realizan sin tener una idea demasiado claro de qué puede ocultarse entre las páginas, de la intencionalidad del escritor o del propio contexto de éste, todos factores importantes a la hora de abordar una obra. Lo cierto es que no suele ser mi manera de abordar textos; con frecuencia recabo información previamente a la inmersión en estos mundos de ficción.


Cabe decir que, a medida que avazaba la lectura de la novela, me vi en la necesidad de informarme para, de ese modo, comprender tanto los temas tratados como el enfoque de los mismos. Winkler es un importante exponente de una corriente literaria que, en lugar de ensalzar las virtudes de su tierra madre -en su caso, Austria- vuelve la pluma contra ella y condena lo que considera digno de tal cosa- Así, en la narrativa de este escritor se mezclan percepciones antiguas-como aquellas vinculadas con sus vivencias como niño que creció en una comunidad de corte muy cerrado, envuelto en un halo demasiado cercano al fanatismo religioso- e invención, juegos pseudoautibiográficos e hipérboles arriesgadas, todo ello con un lenguaje y un estilo que suscita, evoca, subyuga e impide -eso puede asegurarse- abandonar la lectura. Su obra gira en torno a una serie de temas fundamentales, que se ponen de claro manifiesto en esta novela: catolicismo -en su vertiente más teñida de radicalización-, muerte y sexualidad. Y, por supuesto, la interrelación de estos, componiendo un fresco al que puede aplicarse el adjetivo de terrible, y convertirse éste en adverbio: terriblemente fantástico.

No es la clásica novela que pueda encontrar un lugar en las pilas de Best Sellers veraniegos -con joyas como las publicaciones de autores que se suman masivamente al thriller esotérico, por ejemplo-, pero resulta muy recomendable para aquellos que deseen disfrutar de una obra compleja y rica en imágenes, que invita -como ocurre con muchos de los libros presentados aquí, pues para mí es un importante requisito- a la reflexión.

Para terminar, les dejo un fragmento de las declaraciones de Winkler al periódico El País en una entrevista acerca de esta obra:

No creo que se pueda aprender a escribir de una forma determinada; cuando escribes, descubres lo que va surgiendo con la frase. Es algo que se puede expresar también a la manera del autor alemán Friedrich Hebbel: 'Cada frase, el rostro de un hombre'. Eso es lo que hago, y si no hay rostros en las frases que he escrito, es que no sirven.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Asesinato

Poeta en Nueva York se considera uno de los libros poseedores de compleja interpretación -casi críptica- dentro de la literatura de Federico García Lorca. Publicado de manera póstuma, se aleja de la forma de otros textos como los pertenecientes al celebérrimo Romancero Gitano y explora otras formas de expresión, con un estilo vanguardista y emparentado a veces con el surrealismo. La recopilación de poesía tiene que ver con la experiencia vital del autor, en primer lugar en lo que a localización y referencias se refiere, y en segunda instancia en lo vinculado con la sencilla expresión poética del propio sentir. Hoy les dejo uno de mis poemas favoritos, Asesinato, en el que a través de la poética representación de un dolor físico se transmite otro de corte más íntimo y espiritual. Cómo no reparar, además, en ese verso -El mar deja de moverse- tan relacionado con las metáforas lorquianas y que, de hecho, ha dado título a un interesante y polémico documental que gira en torno al asesinato del escritor.

Asesinato

¿Cómo fue?
Una grieta en la mejilla.
¡Eso es todo!
Una uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
¿Cómo, cómo fue?
Así
¡Déjame! ¿De esa manera?
Sí.
El corazón salió solo.
¡Ay, ay de mí!


viernes, 23 de abril de 2010

A las cinco de la tarde

Siempre he afirmado que la literatura, como todo arte, no está aislada, perdida en un mar de creación yerma, sino que queda frecuentemente vinculada al mundo de la música, del cine, incluso de la fotografía. Y así, esta mañana, al regresar por puro azar a una preciosa película sobre Federico García Lorca, aquella titulada Muerte en Granada, no pude evitar emocionarme hasta las lágrimas con los primeros segundos de ésta. Contienen una superposición de pequeñas secuencias relacionadas con la Guerra Civil y de otras en las que el actor que interpreta a García Lorca recita de emotivo modo un bellísimo fragmento lorquiano (extraído de su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías), con música igualmente preciosa como fondo.

La cojida y la muerte

A las cinco de la tarde
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!


lunes, 5 de abril de 2010

La saeta

Se ha terminado ya esta Semana Santa del año 2010, período relevante a nivel religioso y litúrgico para aquellos que se consideren creyentes y, de igual modo, culturalmente significativo por la repercusión e influencia que ha tenido y tiene en nuestra cultura y sociedad. Por ello, no quería dejar pasar estas fechas sin incluir en este blog de literatura -siendo para mí la literatura espejo hermosamente distorsionado, que a veces se muestra exacto, además de cristal transparente- el hermoso poema de Machado cantado por Serrat. Me acuerdo de estos versos y esta música cada vez que, en un informativo, retransmiten imágenes de alguna de esas magnas procesiones andaluzas que son vividas con tanta devoción. Dejando de lado ausencia o presencia de creencias religiosas, lo cierto es que los versos y su significado son sumamente hermosos.

La saeta
Dijo una voz popular
¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fé de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero,
sino al que anduvo en la mar!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero,
sino al que anduvo en la mar!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero,
sino al que anduvo en la mar!