martes, 9 de diciembre de 2008

El imperio del sol

Ha pasado casi una semana desde que finalicé la lectura de una novela que me habían recomendado tiempo atrás, El imperio del sol, del autor J.G. Ballard, nacido en Shangai de padres británicos.


He de decir que, aunque no se trata de una de las mejores obras narrativas que he leído -lo cual depende también, como es evidente, de mis gustos literarios-, realmente ha superado las expectativas que tenía con respecto a ella.

Uno de los principales atractivos de la novela es quizá el rasgo de autobiografía que su autor le imprime. Los avatares y experiencias del protagonista, así como la línea argumental de la narración, parecen en efecto basados en parte de las vivencias del autor. Al igual que éste, el personaje principal, un muchacho también hijo de británicos pero nacido en Shangai vive el bombardeo a Pearl Harbour y, con posterioridad, se ve obligado a sobrevivir solo en un país fragmentado por la II Guerra Mundial. Permanece durante años en un campo de prisioneros japonés y, finalmente, es testigo de la caída de la bomba atómica sobre Nagasaki, antes de que el terrible conflicto bélico concluya. Quizá una de las características más impresionantes de la historia y el modo en el que está narrada es el hecho de que el lector contempla todos estos terribles sucesos a través de la mirada de un niño y, posteriormente, de ese mismo pequeño convertido en un adolescente.

Un fragmento:

"La lluvia caía sobre el estadio, y Jim se echó en el suelo y dejó que le resbalase por la cara, entibiándole las heladas mejillas, A pesar de la lluvia, miles de moscas rodeaban a los prisioneros. Jim las apartó de la boca del señor Maxted y trató de lavarse la cara con la lluvia, pero las moscas se cebaban en los labios y en las encías.

Jim observó la suave respiración del señor Maxted. Se preguntó qué podría hacer por él y lamentó haberse desprendido de la caja. Empujar la caja de madera había sido un gesto sentimental pero inútil, su primer acto adulto. Podía haber vendido sus posesiones para obtener un poco de comida para el señor Maxted. Unos pocos soldados japoneses eran católicos y seguían la misa en latín. Quizá algunos de esos guardias con capas empapadas hubiera apreciado el manual de latín de Kennedy o Jim podría haberle dado clase...

Pero el señor Maxted dormía tranquila tranquilamente. Un vaho gris escapaba entre las moscas posadas en su boca y en las bocas de los prisioneros vecinos. Una hora más tarde, cuando la lluvia terminó, el fuego de un ataque aéreo estadounidense iluminó el estadio como los relámpagos de la estación de los monzones. En su infancia, en la seguridad del dormitorio de la Amherst Avenue, Jim había mirado los bruscos fogonazos que sorprendían a las ratas en mitad del campo de tenis o al borde de la piscina. Dios, aseguraba Vera, tomaba fotos de las maldades de Shangai. Los silenciosos destellos de la incursión aérea contra alguna base naval japonesa en la desembocadura del Yangtsé encendían un húmedo resplandor en los brazos y piernas de Jim, un nuevo recuerdo del fino polvo que había observado por primera vez mientras ayudaba a construir la pista del aeródromo de Lunghua. im sabía que estaba al mismo tiempo despierto y dormido, soñando con la guerra y soñando por la guerra.

Apoyó su cabeza contra el pecho del señor Maxted. Los relámpagos instantáneos de lo ataques aéreos llenaban el estadio y cubrían con un sudario a los prisioneros dormidos. ¿Iban a participar todos en la construcción de una pista gigantesca? En la mente de Jim el estruendo de los aviones estadounidenses evocaba vigorosas premoniciones de muerte. Conjugando los verbos latinos, que era lo que más se acercaba a una plegaria, se durmió junto al señor Maxted, y soñó con pistas de aterrizaje".

Exise una versión fílmica del libro, cuyo título es exactamente el mismo. La película se estrenó en el 1987 y fue dirigida por el célebre Steven Spielberg. Se trata de una obra sumamente galardona, incluso con varios Oscars. Dejo el trailer a continuación:

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