viernes, 31 de octubre de 2008

El cuervo

En los últimos años parece existir una verdadera y creciente obsesión por esta festividad denominada Halloween que, por muchos orígenes celtas y migraciones que se le quieran a atribuir, para muchos se reduce al componente vinculado con el terror o con disfrazarse de algún clásico -o no tan clásico- personaje del mundo del miedo.

Esto me lleva, indudablemente, a hablarles de un verdadero maestro de los relatos de suspense y terror: Edgar Allan Poe. Nacido en Estados Unidos en el año 1809, sobresalió por sus relatos y poemas. Estudió algunos años en Inglaterra, pero regreso a su lugar de origen y tuvo una vida turbulenta, marcada en su final por el alcoholismo del autor. De hecho se supone que éste se reveló como una de las causas de su prematura muerte, acaecida en 1849.

Hoy les dejo con uno de sus más conocidos textos, una verdadera joya poética.


El cuervo

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
se oyó de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
me llenaba de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como vertiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca
más!

miércoles, 29 de octubre de 2008

Holocausto, de Gerald Green

Acerca de este trágico momento de la historia de la humanidad se han escrito multitud de libros, tanto de ficción -aunque siempre basados en una realidad- como estudios y ensayos destinados a analizar tan dramático episodio.


Hoy deseo recomendarles una novela que, personalmente, me ha parecido extremadamente interesante, al tiempo que desgarradora. Les hablo de Holocausto, libro escrito por Gerald Green. No es una novela destacable por la maestría literaria del autor ni por su belleza. En realidad, esta narración crea en el lector una incomensurable sensación de desazón y tristeza que puede llegar a resultar desgarradora, pero al tiempo lo sorprende con escasos momentos en los que prima el valor o la ternura.

El enfoque de la obra es de especial interés. En la novela se combinan dos voces principales, la de un muchacho judío, Rudi Weiss y la de un oficial nazi, Erik Dorf. El primero de los personajes nos cuenta su historia una vez transcurridas ya décadas y en su narración se entremezclan los recuerdos y las vivencias con una infinita tristeza. Hijo de un médico judío, huye de su ciudad en cuanto empiezan las persecuciones y su hermano es detenido. A partir de ahí, se desplaza por varios países de un modo clandestino y se salva del funesto final al que son condenados todos los miembros de su familia. Erik Dorf, por su parte, no es más que un oficial alemán que progresivamente se ve participando en lo que los altos cargos llaman eufemísticamente "Solución Final", al principio con repugnancia y rechazo, mas luego completamente imbuido de que asesinar indiscriminadamente a judíos es necesario para la patria y en modo alguno reprochable. Realmente es aterrador asistir a esta transformación de la psique de uno de los protagonistas; el lector contempla a un hombre bueno transformarse en un verdadero monstruo y no puede menos que preguntarse por qué, cuestión que queda en el aire, sin respuesta aparente.

Les dejo un fragmento en el que Erik Dorf, en el momento previo a ser llevado ante un tribunal a causa de sus numerosos y detallados crímenes de guerra, se comporta de esta manera ante aquellos que van a interrogarlo y juzgarlo. El fragmento se integra en una carta que es enviada a Rudi Weiss por un jefe de los Servicios de Inteligencia.

"Dorf era un hombre de unos treinta años, delgado, bien constituido, de aspecto agradable. Al principio parecía algo inquieto y nervioso, pero tan pronto como descubrió que lo podía hablar alemán con fluidez, se relajó, sonrió y al instante se mostró en extremo simpático y abordable. En modo alguno daba la impresión de un hombre complicado en un genocidio.

Fue uno de los muchos criminales de guerra que interrogué y, naturalmente, conservo registros de ellos. Es posible que encuentren algunos expedientes en alguna parte, y en el caso de que Dorf hubiera comparecido a juicio, probablemente le habría sido posible localizar mi interrogatorio. Pero trataré de reconstruir lo mejor posible la orientación de nuestros intercambios.

Teníamos un expediente sobre el comandante Erik Dorf y su nombre aparecía en numerosas cartas e informes relativos a los judíos, en especial cuando llegó a ser ayudante de Reinhard Heydrich. Por tanto, estábamos enterados de que no se hallaba relacionado casualmente con todo ello.

Dorf seguía insistiendo en que no había sido más que un empleado más o menos encumbrado, un correo. Afirmaba ignorarlo todo sobre las supuestas atrocidades y asesinatos en masa, pero yo, siendo oficial, comprendía que a menudo los espías y saboteadores, así como los criminales, eran condenados a muerte.

Entonces le mostré varias docenas de fotografías de los campos de exterminio y le pedí que me hablara de ellos. Estoy seguro de que usted habrá visto esas foros, y no las habrá olvidado... cuerpos amontonados como si fueran leña, montañas de ceniza, la gente desnuda, alineada delante de las cámaras de gas, los ahorcamientos en masa. Adujo no tener conocimiento directo de todo ello. Siguió insistiendo en que los muertos eran probablemente guerrilleros, bandidos, gente condenada a morir a causa de sus actividades, no por su origen racial.

Dorf dijo, y recuerdo que lo repitió varias veces, que no sentía animadversión personal alguna contra los judíos y que, de hecho, hubo un tiempo en que acudía a un médico judío en Berlín [el padre de Rudi Weiss] y que más bien admiraba al doctor.

Entonces le pregunté si estaba enterado de que, cuando los últimos Sonderkommandos empezaron a limpiar Auschwitz, descubrieron que uno de los pozos crematorios abiertos tenía una capa de cuarenta y cinco centímetro de grasa humana. Hizo un gesto con la cabeza. Parecía dar a entender que corrían toda suerte de historias extrañas.

Sus modales seguían siendo afables, cordiales, exactamente los de un hombre educado -me hizo observar que era licenciado en Derecho- e insistía, una y otra vez, en que él se había limitado a transmitir órdenes y que eran otros quienes llevaban a cabo la política referente a los judíos y otras minorías.

Por último, y al mostrarle fotografías de un grupo de niños judíos muertos, evidentemente por disparos de las Einsatzgruppen y apilados en una fosa común, le informé que disponíamos del testimonio de veinticuatro personas, alemanes y no alemanes, que le habían visto presenciarlo y actuando con capacidad oficial en las cámaras de gas, en los hornos y en los fusilamientos masivos. Incluso había un testigo que alegaba haber visto al propio Dorf matar a una mujer judía en Ucrania, respondiendo a un desafío del coronel Paul Blobel.

Llegados a este punto, Dorf pareció perder su actitud serena. Comenzó una inacabable explicación de cómo se había hecho necesario destruir a los judíos, considerando que eran enemigos de la Cristiandad, agentes del bolchevismo, los enemigos mortales de Europa, un verdadero virus, y así sucesivamente.

-¿Y los niños, comandante? -le pregunté-. ¿Por qué asesino a los niños?

Repuso que, por muy lamentable que hubiera sido, si se hubiese permitido vivir a los niños, habrían vuelto a formar el núcleo de un nuevo ataque contra los alemanes. El Führer lo había expuesto todo claramente. Si está familiarizado con algunos de los testimonios presentados en Nuremberg, recordará que Otto Ohlendorf, que también era un joven atractivo, inteligente y educado, admitió libremente que había ordenado el exterminio en Crimea de noventa mil judíos y adujo el mismo razonamiento".

Una pequeña nota: En 1974 se rodó una serie homónima basada en la novela, que aún hoy puede encontrarse en DVD. Se la recomiendo fervientemente.

lunes, 27 de octubre de 2008

Chove en Santiago

Tras el artículo acerca de los Sonetos del amor oscuro, me apena no hablarles de otros hermosos poemas de Federico García Lorca. Se trata también de unos versos bastante poco conocidos, escritos en lengua gallega y publicados hacia el 1935: Seis poemas galegos. Hoy me gustaría compartir con mis lectores uno de los más célebres, casi inmortalizado por la canción de Luar na Lubre Chove en Santiago.

Madrigal a cibda de Santiago

Chove en Santiago
meu doce amor.
Camelia branca do ar
brila entebrecida ô sol.

Chove en Santiago
na noite escura.
Herbas de prata e de sono
cobren a baleira lúa.

Olla a choiva pola rúa,
laio de pedra e cristal.
Olla no vento esvaído
soma e cinza do teu mar.

Soma e cinza do teu mar
Santiago, lonxe do sol.
Ãgoa da mañán anterga
trema no meu corazón.

Dudaba entre incorporar o no la traducción al castellano, mas, por si alguien la desea o la precisa, la colocaré a continuación:

Llueve en Santiago,
mi dulce amor.
Camelia blanca del aire
brilla entenebrecida al sol.

Llueve en Santiago
en la noche oscura.
Hebras de plata y sueño
cubren la luna vacía.

Contempla la lluvia en la calle,
lamento de piedra y cristal.
Contempla en el viento desvanecido
sombra y ceniza de tu mar.

Sombra y ceniza de tu mar,
Santiago lejos del sol.
Agua de la mañana antigua
tiembla en tu corazón.

En este vídeo, Rosa Cedrón, cantante de Luar na Lubre, interpreta Chove en Santiago:



En este enlace encontrarán los Poemas Galegos.

domingo, 26 de octubre de 2008

Sonetos del amor oscuro

¡Lo que son las bibliotecas! Visitando el otro día una de mis favoritas, me encontré con un volumen en el que se recogía parte de la poesía de uno de mis autores preferidos, Federico García Lorca. Casi no necesito mencionar el hecho de que me faltó tiempo para llevármelo a casa y sumergirme de nuevo en la gozosa belleza de los poemas de este autor.

Por ello, después de unas cuantas horas disfrutando de esta hermosura literaria, me decido a compartir con los lectores de esta bitácora tan maravilloso (re) descubrimiento. Para empezar, debo comentar que Federico García Lorca es un escritor español muy conocido; me atrevería a decir que uno de los más famosos del siglo pasado, tanto por la indudable calidad de sus escritos, como por lo trágico de su muerte y el momento en el que ésta tuvo lugar. Nacido en 1898 en Granada, trabó amistad con grandes figuras como Salvador Dalí, Luis Buñuel o Rafel Alberdi en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Viajó y residió durante un tiempo en países de Morteamérica y Sudamérica (Estados Unidos -concretamente Nueva York- o Cuba). En agosto del año 1936 fue fusilado, convirtiéndose en una de las víctimas de la Guerra Civil.

Me refiero hoy a un conjunto de poemas de Lorca, los Sonetos del amor oscuro, que me parecen de una hermosura sublime y que, aunque no son tan conocidos como el Romancero gitano o Poeta en Nueva York, merecen que se hable, se escriba y se medite acerca de ellos. Lorca vierte en estos once sonetos sus sentimientos con envidiable maestría, pero es tan amargo y hermoso, tan intenso y arrebatador este amor al que canta, que pocos lectores podrán permanecer indiferentes. No llegaron a publicarse en vida del autor, sino que salieron a la luz -si con luz se puede hablar de la primera y reducida tirada editorial- bastantes años después. Mucho se ha elucubrado acerca de estas bellas poesías; por ejemplo, sobre el calificativo de "oscuro" o la ambigüedad de los versos. En general, se relaciona "oscuro" con motivos literarios ya existentes (la noche oscura, por ejemplo) y, en cuanto a la ambigüedad de los poemas, se considera que puede tratarse de un amor de tipo homófilo.

He estado tentada de copiar aquí los once sonetos, pero me ha parecido excesivo, así que les dejo los tres que más me han gustado.

Soneto de la dulce queja

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que me pone de noche en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas, y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío.

No me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi Otoño enajenado.

El amor duerme en el pecho del poeta

Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.

Pero sigue durmiendo, vida mía.
Oye mi sangre rota en los violines.
¡Mira que nos acechan todavía!

Llagas de amor

Esta luz, este fuego que devora.
Este paisaje gris que me rodea.
Este dolor por una sola idea.
Esta angustia de cielo, mundo y hora.

Este llanto de sangre que decora
lira sin pulso ya, lúbrica tea.
Este peso del mar que me golpea.
Este alacrán que por mi pecho mora.

Son guirnalda de amor, cama de herido,
donde sin sueño, sueño tu presencia
entre las ruinas de mi pecho hundido.

Y aunque busco la cumbre de prudencia
me da tu corazón valle tendido
con cicuta y pasión de amarga ciencia.

Un par de cuestiones:
En este enlace pueden leer los Sonetos del amor oscuro completos.
Amancio Prada tiene una hermosa versión musical de estos poemas, editada en un CD hace ya años pero que, según creo, no es complicada de conseguir.

sábado, 25 de octubre de 2008

Filobiblion

No se me ocurre mejor manera de comenzar estos artículos en referencia a diversos textos literrios que haciendo una breve reseña de este maravillo libro, el Filobiblion (Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros) de Ricardo de Bury (1287-1345), el canciller de Inglaterra también conocido como Richard Aungerville. Personaje polifacético, fue tutor del príncipe de Gales y obispo de Durham.

Como el propio nombre del volumen indica, toda la obra está consagrada a justificar y exponer el gran amor del autor hacia los libros, así como la utilidad y el valor de éstos. Ricardo de Bury cita constantemente a autores antiguos, como Virgilio o Aristóteles; éste último queda completamente encumbrado (el escritor se refiere a él como el príncipe de los filosófos, el archifilósofo o el Febo de los filósofos).

El texto de Ricardo de Bury es de una hermosura incalificable y destila verdadero amor al saber escrito en todas sus páginas. La obra se divide en un total de XX
capítulos más un prólogo. Refiero aquí el título de cada uno de ellos, ya que puede resultar ilustrativo para explicar cómo se halla estructurado el libro y qué temas se tratan concretamente:

I. Recomendación de la sabiduría y de los libros, en los que habita la sabiduría.
II. Este capítulo segundo dice que los libros deben ser preferidos a las riquezas y los placeres corporales.

III. Que los libros deben comprarse siempre, salvo en dos casos.

IV. Cuántos bienes proceden de los libros y cuán ingratos son los malos clérigos con los libros.

V. Que los buenos religiosos escriben libros, mientras que los malos se ocupan de otras cosas.

VI. De la alabanza de los primeros religiosos mendicantes, con la reprensión de los primeros.

VII. Llanto por la destrucción de los libros a causa de las guerras e incendios.

VIII. De la multiplicidad de oportunidades del autor, para recoger libros por doquier.

IX. Que los estudiantes antiguos aventajan a los modernos en el ansia de aprender.

X. Que la ciencia creció gradualmente hacia la perfección, y el autor se ocupó de la gramática griega y hebrea.

XI. Que las leyes propiamente no son ciencias ni libros.
XII. De la utilidad y necesidad de la gramática.

XIII. De la justificación de la poesía y de la utilidad de la misma.
XIV. De aquellos que de modo señalado deberían amar los libros.

XV. De los múltiples efectos de la ciencia que en los libros se contienen.
XVI. De cómo se han de escribir libros nuevos y reparar los antiguos.

XVII. De cómo se han de tratar y colocar los libros con pulcritud y limpieza.

XVIII. El autor contra sus detractores.

XIX. De la prudente reglamentación sobre cómo conceder libros a los extraños.

XX. El autor pide oraciones y señaladamente enseña a orar a los estudiantes.


Les dejo un fragmento del
Filobiblión, a mi juicio uno de los más interesante y hermosos, acerca de la destrucción de los libros por motivo de conflictos bélicos:

"Altísimo autor y amante de la paz, disuelve a las gentes que quieren las guerras, las cuales hacen más daño a los libros que todas las pestes juntas. Pues, como la guerra carece del juicio de la razón, produce movimientos de furor entre los adversarios, y, mientras prescinde de los dictados de la razón, avanzando sin discriminación alguna, destruye los vasos de la razón. Y es entonces cuando el prudente Apolo se somete a Pitón; entonces Frónesis, al parir, se convierte en frenesí y queda sujeta al poder del frenesí; entonces el alado Pegaso es encerrado en el establo de Coridón, y el elocuente Mercurio estrangulado; entonces la sabia Palas cae herida por la aguda punta del error, y las alegres Piérides son suprimidas por la atroz tiranía del furor [...].

Ciertamente no tenemos lágrimas suficientes para llorar por todos los libros que han perecido en las diversas partes del mundo a causa de las guerras. Sin embargo, con lúgubre pluma recordaremos aquel horrible estrago que, en la segunda guerra alejandrina, las tropas auxiliares cometieron en Egipto, donde las llamas devoraron los setecientos mil volúmenes que los reyes Tolomeos estuvieron coleccionando durante largos años, como relata Aulo Gelio en el libro sexto capítulo XVI de las Noches Áticas. ¿Cuántos hijos de Atlantes se piensa que perecieron aquel día, con los movimientos del orbe, las conjunciones todas de los planetas, la naturaleza de la galaxia, las generaciones pronosticadoras de los cometas, y finalmente todo lo que sucede en el cielo o en el éter se contiene. ¿Quién no se horrorizaría de tan infausto holocausto, en el que se ofrece tinta en vez de sangre?

Las nieves blancas del pergamino crepitante florecían de sangre allí donde las voraces llamas consumieron tantos miles de inocentes, en cuya boca no se encontró mentira; donde el fuego, que nada perdona, redujo a fétida ceniza tantos escritos de verdad eterna".

[Fragmento del capítulo VII del
Filobiblion, traducción de Emilio Pascual Martín].

viernes, 24 de octubre de 2008

Bienvenida

Inicio hoy una nueva bitácora, con el claro objetivo de compartir con todo aquel que se asome a este blog una de mis grandes pasiones: la literatura. Desde hace milenios nos ha hecho sentir, aprender, soñar, vivir y visitar otros tiempos y otros mundos, nacidos de la imaginación del hombre.

No pretendo elaborar un completo prisma acerca de la historia de la literatura -eso sería casi imposible, a mi modo de ver- ni proporcionar al lector un sinnúmero de datos biográficos o estilísticos, sino, más bien, invitarlo a compartir y a disfrutar el maravilloso mundo de los libros y los sueños que estos encierran en su interior, pero que se brindan a mostrar a todo aquel que decida asomarse a sus páginas.

Se trata de un blog abierto a las opiniones de los lectores, así como a sus sugerencias y contribuciones. Una bitácora puede enriquecerse en gran medida gracias a las palabras y pensamientos de aquellos que la leen.


Me despido, deseando disfruten con los artículos de este blog. Me esforzaré en lo posible para que así sea. Palabra de bibliófila.


¿No es curiosa la viñeta de nuestro querido y gran autor Shakespeare, inmortalizado ya por sus obras y por la historia, en esta situación tan actual?