domingo, 10 de enero de 2010

Were the world mine, reinterpretando a Shakespeare

No es la primera vez que publico en uno de mis blogs una referencia a estas interpretaciones y reinterpretaciones de obras anteriores, con la consecuente apertura de nuevos e imaginativos horizontes. Viendo el arte como un proceso de evolución, como un avance, no es difícil apreciar esta creación sobre creación, este beber de fuentes anteriores, no por ello incurriendo en desagradable plagio. Les remito, por tanto, a un artículo de mi blog sobre cultura romana en que hago referencia a una obra de Shakespeare, Titus Andronicus.

Y es de Shakespeare de quien escribiré también hoy, mas esta vez tomando como protagonista Sueño de una noche de verano, comedia que ha hecho las delicias de generaciones y generaciones, y cuyo argumento es hasta un cierto punto de dominio y conocimiento público. Son muy numerosas las versiones, interpretaciones y reinterpretaciones, tanto en materia de pintura, como de cine o de literatura. Es, desde luego, un tema y argumento prolífico en cuanto a artística descendencia.

Además de unas cuantas adaptaciones en materia de cómics sumamente interesantes, existen algunas versiones fílmicas que interpretan con fiabilidad el texto clásico, aún pese a que no suelen reproducir al pie de la letra diálogos y situaciones originales por la imposibilidad de adaptar semejante obra a la gran pantalla sin que pierda su esencia y siendo, además, atractiva para el gran público. Ejemplos de ello son las versiones del año 1935, 1955 o 1996.

Sin embargo, la reinterpretación que protagoniza este artículo no se queda en una mera adaptación, sino que se trata, efectivamente, de una reinterpretación, como en su día lo fue la de Woody Allen. Evidentemente, nadie pretende realizar una arriesgada comparación entre el famoso cineasta y el director del filme que les presento, por lo que trataré de no entrar en juicios de valor ni comparativas inútiles por no coincidir ambas películas ni en tono ni en ambición.

Were the world mine se encuadra dentro del género del musical, el cine alternativo, la tragicomedia con toques románticos y el cine queer, aunque bastante alejado de su esencia original. El interés, desde un punto de vista cultural, no reside tan sólo en el modo que su director y guionista, Tom Gustafson, crea una cinta fresca, que combina adecuadamente momentos musicales y de diálogo, con una escenografía interesante y una estética por momentos indie igualmente atractiva. El argumento -fantasioso, tópico de no ser por los extraños detalles y giros que lo hacen sorpresivo- juega con motivos shakesperianos de la obra del escritor inglés, creando algo completamente diferente, tanto en forma como en tono, pero al mismo tiempo con un profundo sedimento de Sueño de una noche de verano.

Para los amantes de la obra, y de la literatura en general, resultará especialmente interesante el modo en que se han intertexualizado fragmentos literales de Shakespeare en el filme, a modo de canción, a modo de recital, o a modo de palabras que surgen de forma pretendidamente natural, sin romper la armonía general del guión. La banda sonora resulta, en ese sentido, especialmente interesante. A esto sería importante añadir la atemporalidad de algunos temas -como ocurre casi siempre en la literatura- y, por supuesto, los mensajes un tanto planos, pero que merecen un análisis, de la película. Filme interesante desde distintos frentes: el literario, por obvias razones; el puramente artístico, por el claro tono de reflexión y, dejando al margen los interesantes rasgos cinematográficos y el análisis social, no podemos olvidar que la película tiene su trasfondo en contra de la homofobia, aunque no sea un filme especialmente reivindicativo.


Evidentemente, no todo son alabanzas para el filme que, como ya mencioné, es un tanto plano en cuanto a mensaje y argumentalmente sencillo, con personajes un tanto simples, únicamente en ese sentido nada demasiado diferente de una clásica comedia americana reescrita en clave gay. Cumple, aún así, su ambición de reinterpretar, crear a partir de lo existente y, por supuesto, generar algo muy diferente de lo anterior, por lo que no sería positivo realizar un intento de aproximarse al filme tratando de encontrarnos una literal versión de Shakespeare, cuando su director ha producido algo radicalmente distinto, pero con giros y guiños que devuelven la obra a su esencia. Y es que, sin duda, Shakespeare es eterno. Poco importa si en la representación de un espectáculo teatral completamente fiel a la obra original o en el estreno de Were the World mine en un Festival de Cine LGBT como fue el de Madrid hace un año y medio.

Para concluir, un fragmento de la película de tipo musical, que se corresponde de manera casi literal con el final del tercer acto de la obra de Shakespeare. Y, sin embargo, el guionista da un giro diferente a la obra, situando por un lado el fragmento en el momento y contexto original -o recreación del mismo- pero, al tiempo otorgándole un par de significados más dentro del propio argumento de su filme.

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