miércoles, 21 de julio de 2010

Cementerio de las naranjas amargas

Este verano no se comporta como una excepción, y de nuevo la cantidad de libros que leo -y el detenimiento con el que lo hago- son mucho mayores que en otras épocas del año. Recuerdo que la pasada estación veraniega les hablaba de novelas de Isabel Allende y de la excelente trilogía Millenium. En esta ocasión, me gustaría reseñar una excelente obra narrativa de un autor quizá un poco menos conocido, pero que se ha hecho un nombre en la literatura occidental y que está, de hecho, considerado como uno de los grandes narradores austriacos del momento.

Josef Winkler es un escritor en el que yo no me había fijado hasta estos días, si exceptuamos un volumen relacionado con la Roma de los últimos cincuenta años del siglo XX hojeado brevemente hace tiempo. Cementerio de las naranjas amargas ha sido, por tanto, una de estas lecturas que se realizan sin tener una idea demasiado claro de qué puede ocultarse entre las páginas, de la intencionalidad del escritor o del propio contexto de éste, todos factores importantes a la hora de abordar una obra. Lo cierto es que no suele ser mi manera de abordar textos; con frecuencia recabo información previamente a la inmersión en estos mundos de ficción.


Cabe decir que, a medida que avazaba la lectura de la novela, me vi en la necesidad de informarme para, de ese modo, comprender tanto los temas tratados como el enfoque de los mismos. Winkler es un importante exponente de una corriente literaria que, en lugar de ensalzar las virtudes de su tierra madre -en su caso, Austria- vuelve la pluma contra ella y condena lo que considera digno de tal cosa- Así, en la narrativa de este escritor se mezclan percepciones antiguas-como aquellas vinculadas con sus vivencias como niño que creció en una comunidad de corte muy cerrado, envuelto en un halo demasiado cercano al fanatismo religioso- e invención, juegos pseudoautibiográficos e hipérboles arriesgadas, todo ello con un lenguaje y un estilo que suscita, evoca, subyuga e impide -eso puede asegurarse- abandonar la lectura. Su obra gira en torno a una serie de temas fundamentales, que se ponen de claro manifiesto en esta novela: catolicismo -en su vertiente más teñida de radicalización-, muerte y sexualidad. Y, por supuesto, la interrelación de estos, componiendo un fresco al que puede aplicarse el adjetivo de terrible, y convertirse éste en adverbio: terriblemente fantástico.

No es la clásica novela que pueda encontrar un lugar en las pilas de Best Sellers veraniegos -con joyas como las publicaciones de autores que se suman masivamente al thriller esotérico, por ejemplo-, pero resulta muy recomendable para aquellos que deseen disfrutar de una obra compleja y rica en imágenes, que invita -como ocurre con muchos de los libros presentados aquí, pues para mí es un importante requisito- a la reflexión.

Para terminar, les dejo un fragmento de las declaraciones de Winkler al periódico El País en una entrevista acerca de esta obra:

No creo que se pueda aprender a escribir de una forma determinada; cuando escribes, descubres lo que va surgiendo con la frase. Es algo que se puede expresar también a la manera del autor alemán Friedrich Hebbel: 'Cada frase, el rostro de un hombre'. Eso es lo que hago, y si no hay rostros en las frases que he escrito, es que no sirven.

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